Que en realidad, ella no debería estar allí. No hacía muchos años cuando prometió que no volvería a poner sus cansados pies en aquella casa, y ahora, años después ahí estaba.
Había sonado el timbre, ¿quién sería a aquellas horas de la tarde?. Me arreglé el pelo como pude frente al espejo de la entrada y me acerqué a la puerta para mirar por la mirilla.
Una señora de unos cuarenta años, vestida de negro de arriba a abajo y con un gesto de impaciencia en su rostro.
Abrí la puerta, y vi algo en su rostro que me resultó familiar, aunque no supe determinar de qué.
-¡Hola cielo!, ¿no te acuerdas de mí?
Ni me había dado tiempo a preguntar qué quería, parecía conocerme bien y ahora me veía en la incómoda situación de intentar dar con el nombre de alguien a quien no recordaba...
-Soy tu tía Isabel, ¿está tu madre?
¡Cierto! ¡¿cómo no me había dado cuenta?! Su parecido con mamá era evidente. Me empujó suavemente hacia dentro de la casa, cerró la puerta como si se encontrase en su propio hogar y colgó el sombrerito y el bolso negros en el perchero.
-Sí, está arriba...
-Anda, ve y llámala- dibujó una leve sonrisa en su cara- mientras yo esperaré en el salón.
Mientras subía las escaleras, vi como se acomodaba en el sofá y se arreglaba la falda sobre las rodillas.
viernes, 18 de julio de 2008
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