Un escalofrío recorrió su espalda e hizo que frunciera el ceño. Su pelo ondeaba con el viento cual ramas de sauce en plena tormenta; sus brazos desnudos pegados al cuerpo, espalda recta y la cabeza orientada hacia el cielo como intentado captar los últimos resquicios del sol poniente. Sus ojos, cerrados.
Y así, en esta postura, pretendía sentir todo lo que le rodeaba: la hierva bajo sus pies, la brisa en su cara, el rugir de las olas contra el acantilado… todo aquello que pudiera evadirle de la realidad, y hacerle olvidar para qué había ido allí.
Pero no era suficiente, ni la más clara luz lunar, ni las más bellas flores, ni siquiera el salado olor a mar y la más dulce de las brisas habría apartado sus cavilaciones de la gran encrucijada ante la que se encontraba; todavía sentía esa angustia que le ahogaba y le hacía ver su soledad.
No recordaba qué le había llevado allí, sólo sabía que un pensamiento había cruzado su inquieta mente: la felicidad era efímera, la vida no se había portado bien con ella.
Y así, en esta postura, pretendía sentir todo lo que le rodeaba: la hierva bajo sus pies, la brisa en su cara, el rugir de las olas contra el acantilado… todo aquello que pudiera evadirle de la realidad, y hacerle olvidar para qué había ido allí.
Pero no era suficiente, ni la más clara luz lunar, ni las más bellas flores, ni siquiera el salado olor a mar y la más dulce de las brisas habría apartado sus cavilaciones de la gran encrucijada ante la que se encontraba; todavía sentía esa angustia que le ahogaba y le hacía ver su soledad.
No recordaba qué le había llevado allí, sólo sabía que un pensamiento había cruzado su inquieta mente: la felicidad era efímera, la vida no se había portado bien con ella.

2 comentarios:
mi querida Jane, he pensado que en vez de una historia larga, podríamos hacer pequeños cuentecillos, esta la primera parte del mío, ¿qué te parece?
pues me parece muy bien... pero... yo no habia terminado de leer y ya habia hecho una continuacion en mi mente, asi que voy a ponerla
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